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Mexicanos que buscan asilo a EU, atrapados en un campamento de Matamoros.

La mayoría son centroamericanos y caribeños que cayeron en 'la telaraña' del programa “Quédate en México”, que los obliga a esperar al sur de la frontera por una cita para defender su caso de asilo.


Alejandrina colocó una bandera tricolor en uno de los extremos del campamento de solicitantes de asilo de Matamoros, Tamaulipas, “para que no se olviden que aquí también habemos mexicanos”. Ondea en el lugar más próximo a la frontera con Estados Unidos, en lo que ahora es un barrio de tiendas de campaña, rodeado por una valla con la que el Instituto Nacional de Migración (INM) enclaustró a hondureños, guatemaltecos, salvadoreños, venezolanos, cubanos, pero también a mexicanos. Al otro lado del Río Bravo, que aquí ejerce de muro, las barras y estrellas: el lugar al que toda esta gente atrapada aspira a llegar en algún momento.


Fotografía por Alejandro Cegarra/National Geographic.


Más de un millar de solicitantes de asilo languidecen desde hace más de un año en este campamento de Matamoros.La mayoría son centroamericanos y caribeños que cayeron en la telaraña del programa “Quédate en México”, que los obliga a esperar al sur de la frontera por una cita para defender su caso de asilo.Pero también hay familias mexicanas que quieren pedir protección en Estados Unidos y que huyeron de sus casas por miedo a la violencia del crimen organizado. Ninguna institución les ha ofrecido solución.El gobierno de Andrés Manuel López Obrador se defiende argumentando que es el primero que ha reconocido el problema. Sin embargo,no hay programas de apoyo, ni siquiera un censo de cuántos mexicanos buscan asilo al otro lado.La Ley de Desplazamiento Forzado Interno lleva un año en trámites y debería pasar al Pleno de la Cámara de Diputados esta semana, según Andrés Ramírez, coordinador de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar), pero aún cuando se aprobara en poco tiempo, está lejos de ser una solución.



Fotografía por Alejandro Cegarra.

A sus 51 años, Alejandrina tiene ojitos pequeños dentro de un rostro redondo pero endurecido y carga en su cuerpo el peso de criar a seis hijos. Habla con carisma y autoridad, como la matriarca que es. Pasó toda su vida en Balcón de Pocitos, una minúscula comunidad rural de la sierra de Guerrero donde cultivaba la tierra y tenía todo el espacio del mundo. Ahora, sin embargo, está condenada a dormir en una tienda de campaña en Matamoros, Tamaulipas. Sus dominios son escasos y están limitados al tercer sector del campamento, el más alejado a la entrada, el área de los mexicanos. Quienes viven aquí tienen todos sus documentos en regla ya que están en su propio país. Pero también están atrapados. Buscan cruzar al norte porque temen por su vida. La frontera está cerrada desde que se desató la pandemia por Covid19, así que esperan aquí, como extranjeros en su propio territorio. En el México en el que más de 80 personas son asesinadas cada día, no confían en el gobierno para que les dé protección.

“Estamos aquí huyendo de la delincuencia”, dice la mujer, sentada frente a su carpa, un amplio espacio de plástico con colchonetas para dormir y reforzado con cobijas que protegen de la lluvia. Cuenta que el 13 de octubre de 2018, hace apenas dos años, mataron a su esposo, Felipe Atanasio Salcedo, en Tecpán de Galeana, Guerrero. Había un pleito entre propietarios de una empresa maderera de Balcón, su comunidad, y el hombre fue llamado para mediar. Tres días antes de la que él creía que sería la reunión definitiva, alguien le pegó siete tiros por la espalda. El primero ya le alcanzó en el corazón y lo dejó en el suelo, pero los sicarios quisieron asegurarse de que habían cumplido su trabajo.

“Mi hijo le empezó a marcar y nada, no contestaba. Él era de los que, timbrando, respondía, de los que no dejaba a uno así. Mi hijo le habló a mi hermana, y al rato le dijo: me acaban de avisar de que está uno tirado en la tienda, y es de Balcón”, explica, recordando el día en el que le cambió la vida para siempre.

Ese alguien que estaba tirado era su esposo. Andaba en la tienda porque había decidido darle una sorpresa y presentarse en casa sin avisar para pasar el fin de semana.

“La sorpresa que me llevé es que él yendo a comprar para llevarme algo a casa allá lo matan. Él no era un delincuente. No era nada. Le dieron siete balazos”, dice Alejandrina, sin poder contener las lágrimas. Todo este campamento está lleno de tragedias. Quedarse atrapados es otro paso más de vidas llenas de dolor, sangre, desigualdad y abuso. Para estas personas, el estado es solo el muro que les impide llegar a un lugar seguro. Ninguna autoridad se preocupó por ellas, ni arrestó a quien les hizo daño ni les garantizó que no se volvería a repetir. Cuando huyeron, entonces sí, había uniformados que se interponían en su camino y no les permitían llegar a Estados Unidos.


Articulo tomado de animalpolitico.com

https://www.animalpolitico.com/2020/09/solicitantes-asilo-limbo-campameto-matamoros-abandono/


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